Una cena con amigos

Una cena con amigos

Creo que la última vez que salí a cenar vinieron a recogerme en calesa porque aún no habían inventado los coches. O eso o se ha borrado completamente mi memoria desde que tuve a “las fieras”. A veces veo a madres que salen con sus hijos a tomar algo por la noche y no puedo evitar lanzarles una mirada 50% reprobación, 50% pura envidia.

Tras varios meses insistiendo, Azucena, una de nuestras amigas que no ha sido bendecida por el milagro de la maternidad (nótese la ironía, ya que no ha traído el mismo acompañante a ninguno de mis cumpleaños desde que tengo uso de razón), se ha animado a acogernos en una cena de parejitas. De esas que antes teníamos cada dos semanas y ahora, desde que nuestro papel principal ha pasado de hijas a madres, parecen haberse extinguido.

Pues bien, lo primero es lo primero, buscar atuendo para la ocasión. En una cena así, en la que vamos a estar varias horas (ya sea por canguro pagado o prestado no pienso volver pronto), es necesaria la comodidad. Y como tampoco es cuestión de ir hecha un adefesio, opto por una camisa entallada con un poco de escote y un chaqueta. Unos pantalones de pitillo terminan, junto a unas botas con cuña, de completar mi atuendo.

La anfitriona no ha sido nunca la mejor de las cocineras, por lo que llevamos una botella de vino y nos coordinamos con otra de las parejas para que lleven el postre. Lo que ella prepare estará mucho mejor si está bien regado y termina en dulce.

Al llegar allí, su casa está irreconocible. Velas, música suave, mantel y servilletas de tela,… Empezábamos a pensar que se ha hecho un lío con la agenda y no sabía que hoy tocaba otro tipo de cita, hasta que nos ha presentado a su nueva pareja con un brillo distinto en los ojos. La cazadora cazada me temo. Me parece que Azu no repetirá durante un tiempo su papel de anfitriona.

Para limpiar manchas de vino…

Para la mantelería…